El tic tac del reloj continúa su marcha atrás.
Exterminando segundos,
revividos en momentos,
dando hechos irreales como ciertos.
Promesas que esperan
y atraviesan al alma en un suspiro.
Deseos que acechan
esperando que los recuerde el olvido.
El creer que todo es posible,
que nada lo podrá cambiar,
el convertir tu tristeza
en lágrimas de felicidad.
Puedes confiarle tu vida a unas luces de Navidad,
a unas uvas, a unas campanadas,
a los nervios por las enamoradas
agujas que siguen su compás.
Pero el sentido no está en lo que ves
ni en aquello que te ciega.
Ni en deseos de estrellas fugaces
que contra el cielo se estrellan.
La verdad no se encuentra
a las once y cincuenta y nueve
como una dama que viene y no vuelve
porque el camino la quiebra.
Que aunque la ilusión te guíe
un año son trescientos sesenta y cinco días
y tu vida son miles de horas
y a un camino se reduce tu vida.
Sigue aquello que quieres,
pero siempre y no sólo ahora
pues esta noche dará paso a la mañana
y esa mañana a una huella en tus pisadas.
Persiste el ansioso segundero,
sigue su carrera en el reloj,
adelanta al tres, al dos, al uno,…
Y atraviesa el umbral de un año nuevo.