miércoles, 2 de mayo de 2012

¿Cómo hubiera sido?


¿Hubiera merecido la pena? ¿Hubieran despertado todos los que ahora duermen? ¿Hubieran vuelto desde tan lejos?
A menudo abusamos del uso del subjuntivo en nuestra lengua, hasta llegar al punto en el que algo que debería expresar sueños o deseos se convierte en el centro de nuestra frustración.
Y es que el “¿cómo hubiera sido?” nos acerca más a la locura que el preguntarnos si subimos hacia abajo, si caemos hacia arriba, por qué flotan las nubes o la tierra no se hunde bajo el peso de nuestros pies.
Pensamos en lo que pudo haber sido y no fue, aun sabiendo que nunca se cumplirá. Perdemos el presente arrepintiéndonos de nuestras obras pasadas o de las que nunca se llevaron a cabo.
¿No es, acaso, un síntoma de locura el creer en la existencia de un borrón y cuenta nueva, de una máquina del tiempo?
¿Hubiera sido el cielo marrón, la tierra azul? ¿Hubieran dejado de volar las aves, de acariciar bajo sus alas el viento?
No, ayer no fue un mal sueño del que hoy despertarás. Tal vez, nuestro efecto esté en lo que fue, pero somos ajenos a lo que nunca ocurrió.
¿Por qué, entonces, pienso yo también en lo que hubiera sido, y no en lo que es y en lo que será? Quizás la respuesta esté en que, en esta vida, cada acción requiere un poco de locura.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Un ejemplo de dolor

Mira por la ventana e imagina que lo ve. Piensa que lo recuerda y que sus ojos la miran. Esos ojos, nunca olvidados, trozos de cielo que arrasaron todo a su paso. Se lo llevó todo con él, ¿por qué no dejó nada? Cargó a sus espaldas todo un baúl de recuerdos y cerró tras él la puerta.
Robó los restos de las mañanas de verano, del naranja de los atardeceres y de las noches estrelladas. Se apoderó de todos dejando sólo hueco para el arte, pues nadie como ella puede escribir versos. Versos que sólo a él lo recuerdan.
Ella piensa, sin embargo, ¿existe? Cree que ha muerto y duda haber vivido. Sus pensamientos le parecen fugaces, efímeros como un latido, antes llenos y ahora vacíos, pues cada vez que piensa se le hace más pequeña el alma.
Pero sigue sentada mirando la calle. Y mira sin verlas las hojas del otoño, arrastradas por el viento. Tal vez algún día lleguen junto a él, y lo vean entonces a través de la ventana. Quizás entonces le dirán que en algún lugar lo echan de menos y le preguntarán por qué se lo llevó todo. Por qué tanto dolor a su paso.
Sigue y seguirá allí, atada frente a su miedo, en compañía de la soledad, recordada por el olvido. Hasta cuando la envenenen sus propios pensamientos, cuando sus ojos se cierren y entonces le dedique su último latido.

A veces, simplemente somos puentes, canales, medios que sólo sirven para que otras personas consigan aquello que se proponen. No nos damos cuenta y podemos llegar a hacer mucho daño cuando ocurre al revés. Con este texto, aunque no lo parezca, no pretendo deprimir a nadie, sino advertir del perjuicio que puede causar un insignificante ser humano.

En conclusión, no hagas ídolos indestructibles de personas tan débiles como tú. No pongas tu vida en nadie porque no te la dará, créeme, no está en la naturaleza de los seres humanos eso de dar sin pedir nada a cambio.

martes, 31 de enero de 2012

¡Vaya coincidencia!

Muchas veces pensamos que las cosas nos suceden porque sí. Las atribuimos a la llamada “casualidad” y no nos paramos a pensar en las resultados reales de nuestros actos.
Para mí, a efectos prácticos, la vida es como una gran masa de tiempo. Piensa ahora en los segundos como eslabones de una cadena en la que uno depende necesariamente del anterior. Puede entonces que acciones cometidas en la infancia tengan su repercusión en el presente, poco antes e incluso después de tu muerte.
Quizás simplemente viendo una fotografía o teniendo una conversación podemos comprobar que en realidad todo había empezado antes. No sabemos cuándo se desencadena una acción, simplemente cuándo se desarrolla, despertando de su sueño. Sin embargo, no pienso que todo acabe ahora, sino que únicamente ya ha comenzado.
Al mismo tiempo que cada uno se forja su presente, opino que está llamado a un futuro concreto, suyo y de nadie más, hecho a su medida. Todos tenemos un destino, algo grande por revelar, porque ¿cómo explicar la vida sin un fin? ¿Qué sentido tendrían las personas que conocemos, las decisiones que tomamos o los acontecimientos que vivimos?
Y, a fin de cuentas, ¿qué sentido tendría tu vida?
No creo en la casualidad. Creo en la suma de acción y consecuencias. Ahora queda que descubras las consecuencias de tu propia existencia, tu huella dejada en este mundo, aquélla que sólo te pertenece a ti.