miércoles, 2 de mayo de 2012

¿Cómo hubiera sido?


¿Hubiera merecido la pena? ¿Hubieran despertado todos los que ahora duermen? ¿Hubieran vuelto desde tan lejos?
A menudo abusamos del uso del subjuntivo en nuestra lengua, hasta llegar al punto en el que algo que debería expresar sueños o deseos se convierte en el centro de nuestra frustración.
Y es que el “¿cómo hubiera sido?” nos acerca más a la locura que el preguntarnos si subimos hacia abajo, si caemos hacia arriba, por qué flotan las nubes o la tierra no se hunde bajo el peso de nuestros pies.
Pensamos en lo que pudo haber sido y no fue, aun sabiendo que nunca se cumplirá. Perdemos el presente arrepintiéndonos de nuestras obras pasadas o de las que nunca se llevaron a cabo.
¿No es, acaso, un síntoma de locura el creer en la existencia de un borrón y cuenta nueva, de una máquina del tiempo?
¿Hubiera sido el cielo marrón, la tierra azul? ¿Hubieran dejado de volar las aves, de acariciar bajo sus alas el viento?
No, ayer no fue un mal sueño del que hoy despertarás. Tal vez, nuestro efecto esté en lo que fue, pero somos ajenos a lo que nunca ocurrió.
¿Por qué, entonces, pienso yo también en lo que hubiera sido, y no en lo que es y en lo que será? Quizás la respuesta esté en que, en esta vida, cada acción requiere un poco de locura.

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