miércoles, 22 de febrero de 2012

Un ejemplo de dolor

Mira por la ventana e imagina que lo ve. Piensa que lo recuerda y que sus ojos la miran. Esos ojos, nunca olvidados, trozos de cielo que arrasaron todo a su paso. Se lo llevó todo con él, ¿por qué no dejó nada? Cargó a sus espaldas todo un baúl de recuerdos y cerró tras él la puerta.
Robó los restos de las mañanas de verano, del naranja de los atardeceres y de las noches estrelladas. Se apoderó de todos dejando sólo hueco para el arte, pues nadie como ella puede escribir versos. Versos que sólo a él lo recuerdan.
Ella piensa, sin embargo, ¿existe? Cree que ha muerto y duda haber vivido. Sus pensamientos le parecen fugaces, efímeros como un latido, antes llenos y ahora vacíos, pues cada vez que piensa se le hace más pequeña el alma.
Pero sigue sentada mirando la calle. Y mira sin verlas las hojas del otoño, arrastradas por el viento. Tal vez algún día lleguen junto a él, y lo vean entonces a través de la ventana. Quizás entonces le dirán que en algún lugar lo echan de menos y le preguntarán por qué se lo llevó todo. Por qué tanto dolor a su paso.
Sigue y seguirá allí, atada frente a su miedo, en compañía de la soledad, recordada por el olvido. Hasta cuando la envenenen sus propios pensamientos, cuando sus ojos se cierren y entonces le dedique su último latido.

A veces, simplemente somos puentes, canales, medios que sólo sirven para que otras personas consigan aquello que se proponen. No nos damos cuenta y podemos llegar a hacer mucho daño cuando ocurre al revés. Con este texto, aunque no lo parezca, no pretendo deprimir a nadie, sino advertir del perjuicio que puede causar un insignificante ser humano.

En conclusión, no hagas ídolos indestructibles de personas tan débiles como tú. No pongas tu vida en nadie porque no te la dará, créeme, no está en la naturaleza de los seres humanos eso de dar sin pedir nada a cambio.